Tuesday, November 06, 2007


Víctor Sarmiento

comprende el tedio

“To say: I have lost the consolation of faith

though not the ambition to worship,

to stand where the crossing happens.”

Forrest Gander


De esta forma, en mi clavícula y mi lengua

la obstinada voluntad de la vigilia











Víctor Sarmiento comprende el tedio

aun cuando este se confunde con el sueño,

en el cruce hambriento de la costumbre y la horca de los días.

Amanece el roce de los labios sobre la espalda

el resplandor ilumina las ciruelas maduras

En la primera luz, los ojos le parecen órganos inservibles,

los precursores de una manía terca, un hecho aterrador y detenido.

En la cálida matriz del semejante, el hartazgo cede su lugar al sueño













Migra el silencio desde una casa en llamas hasta el vacío de la semejanza

el aguijón que busca una coordenada, en donde el hueso se precipita y desaparece

todo es hueso y coordenadas, repite, y en la memoria un griterío interminable

acercándose como un pedazo de pan que marcha sobre las brasas














Cava la raíz del geranio más allá de la vista

reconoce el gesto familiar del placer, con el hombro ahuecado

en donde el pelo húmedo y recogido deja caer el agua sobre su pecho
















Víctor Sarmiento comprende el tedio

le es normal como las evidencias de su cuerpo al tacto

o el silbido del aire que sale irremediable por su garganta

Una celda aun mayor que la rabia, es la prisión cálida del tedio

En la proximidad del cuerpo, un instante

la carne blanda de la ira, cuyos gajos cuelga, oblicuos y estáticos,

antes de los preciosos segundos que preceden a su mano acariciando

el inicio de una espalda inmóvil sobre la cama

El grito de las yemas, el placer sosegado avanza

desde el cuello hasta la cervical como un lento mamífero

El abrevadero que de noche tiembla con la proximidad de los caballos






















Con el miedo entrelazado un rostro

así, el retorno de esta plaga

la horca que mece los segundos

en el borde donde el agua golpea























en su lengua

otra lengua afilada

siguió con los labios

la línea del abdomen

sedado























Víctor Sarmiento comprende el tedio

al punto de oír, cortando la transparencia

una pequeña voz rugiendo

como si de pronto el cardo encendido tuviera su propia lengua

y el animal hubiese comprendido la simetría del fango






















La quemadura de la silueta aparece en fragmentos

la repetición del instante rompe la piel del sueño

este, sin embargo, prevalece

Los martillos repartidos entre los geranios

la sangre mancha la piel del oso polar engulle

Aquí la soga y la máscara

en la gruta deshabitada

en donde el agua escurre

como un animal devastado


















Veía el redoble de las hojas

urdidas al tallo, contemplaba el prolijo recurso

de las orugas, en su capullo colgadas, esperando

que sus cuerpos cambiaran hasta la cima de la esperanza

Sin embargo, le era imposible comprender la fe

La fe eclipsa el paso congelado de los segundos

mezclada con la esperanza, suele ser un mortífero tipo de explosivo























Era, desde luego, un retorno a la atroz semejanza

con la mano extendida sobre su faz, en cuclillas y en silencio

frente a la conmovedora persistencia de los objetos

Aquello que habla de sí con las manos atadas

una lengua súbita que recoge el aire de la aversión

con el sol fulminado, los rostros dentro de los espejos

semejantes al estallido arrancado de la vigilia

¿Qué queda entonces?

La suma de los fragmentos que cambian de forma

la insistencia de los geranios que encuentran agua en la materia revuelta





























Víctor Sarmiento comprende el tedio

como si fuera un escenario cuya fortaleza radica en la silueta de los objetos,

un marsupial que suspendido por los hilos de un titiritero flota sobre el agua negra

Pegado al sueño de los cuerpos

la imagen el desperfecto la aversión

una clase de tacto pronunciado y bélico

un cráneo que el silencio esculpe pegado a la certeza

El sol aparece entre los árboles

la mantis caza en el follaje del jazmín
























Así, el intervalo, en medio del azar y las partículas,

en donde el aspa le corta la garganta al sonido

cuatro veintiséis la proximidad de un cuerpo

la rebelión del agua en el hueco de la piscina

otra respiración que lo alimenta saciando un hambre tan distinta

el clavo del hartazgo su boca cortada

sobre el prado y rozando el cuerpo estático del mirlo


















Del otro lado, el tapiz del oído, y las puntas de los dedos

sobre la piel húmeda sucede el cruce del líquido y la desesperación

en las direcciones que dibujan las trizaduras del cemento

inundado de agua clorada, donde la oreja cautiva

emite un insoportable chillido, en aquella profundidad

la rótula ha perdido el habla





















Víctor Sarmiento comprende el tedio

de la misma forma que comprende la hilera militar de las hormigas

que llevan los trozos del mirlo hasta una profundidad austera

Perplejo y desnudo el hueso se hunde en el jardín





















Sumergido ciego inmóvil

escucha el chillido metálico de los codos que se estrellan en el fondo

Los cuerpos ovillados de los niños rompen la superficie

sobre el agua los redondos caballos de hule esperan el abandono





















El oxígeno horada con una cuchara el interior de los caballos de hule

el sol atraviesa el follaje de los helechos y se dispersa en millones de nervaduras

La boca hacia arriba la comisura

una gota de sangre que se desliza hasta la clavícula

Bajo la piel y cavando la marcha del hastío

pronuncia una vacuidad que no se repele

El animal levanta la cabeza

perplejo por la ausencia de depredadores



















Se queda inmóvil sobre el agua, suspendido en el tráfago

las manos empuñadas la mandíbula empuñada

mientras el espasmo atrapado en el diluido sol

impulsa un pequeño iceberg que tiembla en el reflejo

La extravagancia del miedo es un vestigio,

el trozo de una colmena abandonada bajo los árboles

el intervalo y su aguja la oreja prisionera en el follaje

Abre la boca

el aire entra de una vez

recoge los trozos del mirlo antes de su desaparición

y los reparte en la tierra mojada






Una manilla circular, donde la cuerda aprieta y levanta

la sombrilla el resplandor metálico del pica hielo hundido

en la cubeta pulida y la copa de un lado de la sombra del tendedero

que corta la superficie dejando los objetos simétricamente organizados

Recuerda la claridad de aquel día. Las secretas flores de los cáctus.

Su padre subía una colina polvorienta marzo

se había secado la hiedra que poblaba las rocas

en el Pucara de la cima el viento roía los cardos dejándolos desnudos

En la vasija de madera donde las ciruelas forman un montón oscuro y húmedo

la enorme mosca azul dibuja un trazo incomprensible

tan diferente a las rigurosas figuras anaranjadas de los vasos del verano























Primero el estupor como un bien estético corrosivo

de la otra orilla la perplejidad

como quién suelta a la tormenta

la vaina de un grano de trigo y la sigue con los ojos

suena el teléfono del comedor

se inicia el cosquilleo del riego automático que cubre el jardín

alguien contesta y habla

un cuerpo compacto rompe otra vez la superficie del agua

Avanza hasta la sección política

-Se han quebrado los preciosos equilibrios del gobierno

se espera un cambio de gabinete para los próximos días-

adentro quebrado el tallo de la semejanza

un trozo de acero en la pupila que impide al ojo ver su gemelo























Víctor Sarmiento comprende el tedio

acaso su veneno más mortífero y seguro,

que con la aguja del cartílago

destruye mas allá de la aversión

Un cuerpo flota como los manatíes

en medio de los hígados y el miedo

giran los engranajes concéntricos

los tallos de los juncos cruzan la superficie del agua




















Escucha el repentino estallido del aspa

las ramas viejas comprimidas en vasijas

arrojados sobre la hierba martillos

y el agua aproximándose en trazos cortados sobre el aire

el cuerpo dormido en la superficie de hule

las palmas de las manos vueltas hacia el agua

el antebrazo estático las pulsaciones

de pronto el golpe metálico de la podredumbre

se arrastra hacia el fuego y la desaparición

Toma una ciruela madura y la lleva hasta su boca

la sombra de las grúas cae en el vértice del jardín

un pie desciende a la ceguera

























La casa está en silencio

y este silencio es una obstinada brasa

El mecanismo funciona por simple succión,

entre el respiradero y la hoja de metal, el aire escasea

y los trozos salen disparados por el conducto de los desechos

el rugido la respiración entrecortada

Hubo un tiempo en que la fatiga precedía al descubrimiento

un tiempo en que sus rasgos le daban una extraña tranquilidad

como la frágil cubierta de una larva en simbiosis con la raíz del nogal

El jardinero pasa la cortadora de pasto

donde la hierba crece con más fuerza





























La luz se debilita. Anochece.

Víctor Sarmiento en posición fetal sobre su cama

el ligero hundimiento el arco de la espalda la luz lateral encendida

su cuerpo encorvado y tibio frente al destello

Un paso y otro más saciado

ya no espera la quemadura de la vigilia

Los ciervos escarban en los junquillos de los muros

en donde la pesadilla se multiplica

Cruza su rostro el látigo de luz desde la curvatura

donde el tronco hinchado de un animal

encalla en la ribera del río luego de la inundación

el hambre es la próxima catástrofe



























Víctor Sarmiento comprende el tedio

Con la frágil brutalidad del oso polar

flotando en la espesura del pozo transparente cautivo

Los rayos del sol cayéndole por la espalda

el grito del otro lado del reflejo

No existe nada más tedioso que el hambre

el continuo mecanismo que lleva al oso polar más allá de la superficie

donde una mano sostiene un trozo de carne sobre su mandíbula




























Comprende además la combustión del desengaño

como si fuera la brutal persistencia de un espejismo

a tientas en el hueco del sueño desprovisto

un ojo cortado flota entre los juncos






























Víctor Sarmiento comprende el tedio

Dejándolo paralítico en un lugar

en donde los surcos del hastío, inverosímiles

profundos sobre la roca, como una plaga

encuentran un acantilado sin tiempo.

Luego de la saciedad

el bulto cartilaginoso cae

a través de la garganta

























Con la piel quemada por el clavo de la persistencia

el sueño y la desaparición emergen en las mismas coordenadas

La quijada de la oscuridad traga los redondos caballos de hule

y el agua contenida que aún tiembla en el gigantesco cántaro

abierta sobre la cama, la edición en inglés de Latin American Trade

-Carlos Slim, el hombre más rico de Latinoamérica,

ha acumulado la mayor colección de Rodin fuera de Europa-

La lenta extremidad del vapor se desplaza por el cielo raso

convierte la luz en un extraño vestigio

el agua escurre por la tuberías

En la celda del hastío el oído es un prisionero desnudo

He aquí las horas del rencor




























Víctor Sarmiento comprende el tedio

Deseando la resignación de la ceguera

del cuerpo que tropieza en una casa en llamas

a punto de caer y en la boca

una lengua confusa y atónita

La cáscara trizada desde adentro por la inconfundible voluntad

En la humedad de los helechos, la persistencia

con las manos enterradas en el fango una pupila empuña los segundos

del otro lado del sueño un contorno se aproxima y le besa los labios

una caída entonces la repentina brasa

las pulsaciones una plaga que se alimenta de la memoria

El agua está en calma

el dispersor corta el grito estático del trazo

ruge el aspa y levanta las partículas del hueso pulverizado
































Mas, contiene el aliento, mientras el vapor oculta los objetos

la simetría de la clavícula el cuello desprendido

las caderas húmedas el abdomen

Esa silueta basta

para desprender un desgarro y darle nueva vida al silencio

Urdido al vacío el tambor del desamparo

Su amor hambriento en la celda

Recobrada. La podredumbre habló como lo haría la carne



































Recuerda, una alegría conmovedora,

la risa tardes en que había amado tanto

ahora, la aparición de las palabras es una aguja

y el silencio un huésped, que imita su rostro para hablarle de sí mismo

En la niebla, convertidos en fragmentos, los rasgos inmóviles de la certeza;

las vasijas y los utensilios de fierro forjado el abismo

de los aparatos de la cocina, el estudio, los dormitorios

el hueco de la chimenea, los libros de Munch y de Hopper

las piedras de la terraza, el jardín rigurosamente organizado

en el corredor se asoma un ciervo

cegado de pronto por el destello






































Llamó a esto el desvergonzado hastío

a menudo el volumen y el silencio

en el humus donde la lombriz persiste

un asno se pudre entre los geranios

la lluvia, el vapor de las piedras trizadas

noviembre el tórax hundido la oreja








































Luego del habla

el grito vencido del interior de la carroña







Cinco Comarcas












Abdomen de pez








Aquello rasgando desde la palma

el pulgar atorado al vértice y el surco

que corta el henchido tallo. Principio.

Trozo de agua. Pulpa. Raíz abultada del tacto.













Joven Mercader







A la medialuna mordida por la piel

el circulo convexo y los acantilados. Rodean.

el manto transparente donde el agua

va y regresa a la luminosa caverna.

La sangre nace y tiembla bajo el domo.

Vestigio donde habita la serpiente.

Primero la carne. Primero la carne.















Mar de la sangre







Extenuada. Caliente.

Al amparo del granito y la arteria

que inunda el enorme páramo.

Tendón. Astilla. Partícula de partículas.

Fuego, tizón, roca que marcha. Escalda aquella

brasa sanguínea que abomino.















Reunión de antepasados







El cardo erguido en el cruce

de la magnífica contienda

sobrevive el nudo de la vertiente.

Barrena el fuego. Restablece.



















Curva del estanque.







El fango invisible, luego

de la curva que explora

el cartílago y el vientre

allí, donde el agua escarba,

un trozo de espacio que no existe.

La huida precede el sueño del pescador.


















Montañas Kuen Loun







Al final de la depresión

se levanta el observatorio

el iris del hueso, vigilando

el guijarro que cercano

evita el lugar donde

la nieve lo ha cubierto todo.

















Puerta del mutismo.







Vuelve la tierra a la comisura

hacia el silencio y la quijada.

El afán de la lengua. Su lanza.



















Palacio celeste







El agua que tributa

en las escalas del palacio

un carnero para el sacrificio.

Entre la cuenca y el abismo.

La meseta del buey. Su fuerza.

La mandíbula allí. Lentamente.

Tritura la hierba que crece en el estanque.
















Vaso celeste







Viene y va, desde el centro. Cercando

el campo quemado y el olivo

oscuro donde cuelga la colmena.



















Cinco comarcas







Descuelga el nudo hacia el triángulo

de la iracunda colina.

Trepa. Hincha. Retrocede

hacia el desfiladero y huyendo

el destello de la caravana.




















Fuente burbujeante







El electrificado sendero eriza

la cuerda que tensa el caballo

desde la silenciosa hendidura.

Un sonido que recorre

El carcaj afilado del ave.































Valle iluminado







Se ramifica la piedra en el declive

del vigor descalzo del caminante.

En la altura donde el viento

posa una garra y duerme.



















Curso de Agua







Un rasguño que en la rompiente alcanza

el breve tambor blanco del joven nenúfar. Quieto.

En la orilla tranquila que precede al bosque.



















Calle de los alfareros







Inclinado. Terco el índice sobre la arcilla.

La estampida que dobla la gruta. Moldeando.

La colmena que arde. La ciénaga. El Enebro.





















Corona suntuosa







A la brecha que abre el fuego. Desciende.

El joven mamífero de colmillos.

Sobre el musgo y alerta

del estruendo de la gruta

que acoge al labriego.


















Refugio del viento







Anclado al espacio, cuelga de la raíz

un inmaterial sofoco, luz que escurre

desde el hueco y orada el estrépito

del silencio inmóvil del junco y el oso.

Una caverna tras el laberinto

donde las dagas se hunden

en el corazón del extenuado muchacho.



















Pantano joven







Cubre el limo, el vestigio

próximo a la piel azul de la salamandra.



Leve temblor de la carne y las ciruelas.




















Cuatro sacrilegios







En la víspera del breve trance

La grulla cruza el fuego. Arde.



















Máquina terrestre








Un óvalo que abraza

la intensa forma. Cercado.

Por la tierra y el mecanismo

la gruta donde precipita

el sonido que escampa

luego del continuo escarmiento

de la carne nueva sobre la tierra.
























Se inclina para llorar







Uno a la piedra y la monotonía

de la brasa del penitente

que la fe del surco conduce

hacia el altar y sus escombros.

Abre el relieve del agua

la vertiente azul que circunda

la colina del saltamontes.














Puerta del Oído









La ballesta que defiende el cerco

humea el campo, breve el fuego

que entrelaza el zumbido del diente.

Un manantial. El orificio de la semilla



Pucara


a Marcelo Guajardo Rojas








y buscaste un destello en la ceguera

temblando como un pájaro intoxicado












En donde la colina ha concluido su refugio, en el silencio, se estremece

unas manos avanzan desde su cervical, con los nudillos enterrados

en el fango. Es mi hermano me digo, el que sube con el ultimo respiro

tiene siete años, es flaco, y está vendado de un brazo, pero sube

en búsqueda de la oculta bodega, allá, en la cima, crujiendo de oxido

un galpón que sirve para el almacenaje de pertrechos y pólvora. Los caballos

abajo y del otro lado un desprendimiento de pupila, la humedad

de los primeros días de septiembre, la diminuta hierba que se eleva centímetros

una pequeña casa de madera con un cuarto reservado para el padre,

en donde los ojos se salen de sus cuencas, se amontonan los pinceles

en la charca de óleo y los cascos sobresalen de la tierra, aquí, un quejido

en el bronce -Bajo todo lo que ves, están los Jesuitas, separados de lo que amaron-

-en esta máquina que rechina yo te fabricaré un trompo

sígueme con los ojos ahora todo ha de girar.- Yo estoy bajo estos paltos, esperando

las raíces y las larvas, una cubierta acaso, un refugio

el riñón que hace un hueco en la tierra y se cubre de agua.

-Vuelve por donde viniste, malparido, contrahecho- escuchas.

Una voz que sube hasta volverse otra voz, en el pasillo perfecta

el relieve de la Sagrada Familia, el padre y el niño la madre cegada

el retablo, en la muralla frente, al espacioso baño y el pasillo

donde de pronto se ve el destello de algo tan oscuro como antiguo, sigue

por el camino que escarba la tierra hasta el barranco, el hueso, la caverna

el torno, un trozo de madera que gira tomado por los extremos

los trompos nuevos amontonados en tarros.














Aquí de pronto el fuego reverdece todos los huesos

aquí de pronto el fuego se llevó el follaje y dejó el páramo yerto

aquí de pronto la niebla no deja ver la cima del Pucara

aquí el sol calienta los cuerpos para que desnudos nos quedemos en silencio

la tierra está fría bajo nuestros pies

el hinojo crece en las orillas de las acequias

en el campo inundado oí rezar el ángel de la guarda a mi hermano

-ven a jugar al maizal- le dijeron

el grano engorda en invierno y la inundación de julio será nuestra más amada catástrofe

antes de hablar aprendimos los sonidos del espejo, el ojo del otro pegado al regazo

antes de hablar el fuego era lo único que nombrábamos

la hebra de la hoja que prevalece mientras su contorno se pudre

el rojo grano del pimiento hundido en el lodo

una araña que suspendida de los tallos de la maleza

encuentra a quien infundir pavor.

Oíste gritar a tu mujer entre el follaje.

Arrodillada. Se había arrancado los párpados.





















Y esto y mas que su plenitud, su cenit más abyecto,

un lugar en el mundo que de tan vasto se vuelve diminuto

al Pucara como a Combray iban todas las voces de la memoria

la catedral que desploma trozos de mármol luego del terremoto

el brocal de la plaza con el agua oculta bajo la bóveda

aquí de pronto la nariz y el cadalso de la respiración, la lechuza

vuela silenciosa a través de la niebla que cubre el adobe.


Atrás del maizal el rugido en la panamericana

enmudece a los camiones llenos de estiércol

aullando en la celda , colgada de los espolones

la gallina busca el agua electrificada


Con los pies hundidos en la nieve, fotografiamos a la familia

San Bernardo 1971, las hortensias no habían crecido aún

sobre la hierva nueva de los primeros días de la primavera

en la colina empinada del cerro Chena los niños se deslizan en trineos


El pequeño ataúd del país que me diste

se pudre sobre el agua resplandeciente

















Ve nadando hasta aquel vástago de piedra

Tráeme un trozo de su cima, no tengas miedo

Ve nadando hasta aquel vástago de piedra

que señala el lugar donde se hundió tu hermano















Este es mi hermano,

el flaco cojo que camina a través la niebla

al que le encomendamos pintar la habitación del padre

los ojos de los retratos fuera de sus cuencas

los ojos de Cristo fuera de sus cuencas.

Este es el mediero de tu hermano

el que tenía cáncer y murió de frío camino a la chacra

con los perros de ropa en los pantalones

para que la cadena de la bicicleta no los mordiera.

Este es mi hermano,

el flaco cojo que camina a través la niebla

morirá el próximo mes.


















Desde esta cima se divisa el miedo

la hiedra y la mandíbula pegada al hueso retorcido

vuelve a andar el que le volaron los sesos de un culatazo

al barranco fueron las cabezas cortadas y las tibias secas, en el fondo

los encorvados indígenas esperaban a sus enemigos

metidos en sus pequeñas edificaciones de piedra

el golpe de macana y luego el profundo sosiego.

Una explanada yerta donde el cardo se multiplica.

Ahora, mientras amanece

puedo distinguir la silueta de una mujer

inmóvil sobre la siguiente colina.


















No puedo hablar de este miedo,

a la cima anclado al quejido y la noche

la rodilla flaca colgando de una silla de madera

el silencio, la repulsión.

Una noche de estas vendrá el aullido encendido del Tue Tue

a través de la celda tocará con una vara el agua en calma. Congelándola.

Vuelve a crujir la madera de esta casa

en las noches en que el viento silencia la respiración

hasta hacer audible bajo la piel el eco del corazón agitado

el vientre frío del pez, un beso

que devuelve la conciencia de la oscuridad

los enormes ojos de las pinturas de mi padre

la enorme pupila y dentro de ella

un pez muerto en la orilla de la acequia

los dientes quebrados, la memoria quebrada, la compasión

en los días en que se repite el acongojado ritual

los alimentos, el decorado austero, el cerezo en medio del jardín

los agujeros del piso de madera en donde los juguetes se perdían para siempre

muerde la mesa antes de la comida

llora de rabia antes de la comida, arropado

al amparo de la discreta luz del velador. Temblando.



















A la voz antigua del fuego el hueso opone la tenacidad de la rebeldía,

el temblor del miedo, la revuelta de la osamenta, el hombre que nace

se arropa del frío de la noche para que el miedo y la ira sigan existiendo

el ojo estalla antes de que se pronuncie palabra alguna, recibiendo

la caricia y el beso antes de la oscuridad y la quijada, la higuera

que de noche se convierte en nuestra única morada, en sus raíces

las larvas buscan el calor de las nervaduras.



















Le has roto los huesos a tu hermano

con un pequeño automóvil rojo

que arrastraste por el pasillo de esta casa



















Un violinista toca en el funeral de un niño

el aire remece las semillas del diente de león

hasta desprenderlas de su médula.

Enero y su lengua salobre

orada la piel hasta formar un surco

Me diste de comer cenizas

y mi boca se lleno de sangre



















Al pie de de la pequeña capilla de adobe

el camino de Santa Teresa dobla sobre los guijarros

y se interna en los Bajos de San Agustín.

Al pie del barrancón el polvo recobra su dominio.

Entre el suelo y las primeras hojas de los álamos

en la pequeña capilla la virgen sobre la piedra

como una criatura sola y desgreñada allí, de rodillas

pediste por ti mismo, para que de pronto este día interminable

diera paso a la oscuridad, la lengua fuera inservible y la carne tu único alimento.

Al pie de la pequeña capilla de adobe

donde dejaste que el jazmín creciera bajo la gruta

la pezuña levantó el polvo, al galope hacia los Bajos

los cerdos recibían chillando el garrote y tu pedías por ti mismo

una boca que ha dejado de ser una boca

un ojo cortado entre las matas de hinojo

el agua que cae rugiendo desde la compuerta

el vino derramado al costado de la mesa.

Este que ves es el único territorio.

Este que hueles es el único lugar

La memoria despojada

opone tenaz resistencia al polvo.

Oyes un grito que corta la niebla

te levantas, es un grito agudo

como el de un animal que con pereza

recobra su piel de las púas.




















No había oscuridad mayor

que en aquella boca cerrada de la Posada,

aquel espacio donde las moscas tornaban alrededor del hule

colgado de los dientes de la casa.

Una casa como una grieta

donde el mediero se emborracha lentamente.

Su bicicleta anudada al tronco de un pimiento.

A veces, solo a veces, había pantrucas para comer.























Este que huelo es un mundo pequeño

al amparo de Tue Tue persiste

el reloj de la carroña batiendo

el espesor de la noche

no podías hablar y ya pensabas en la muerte

con el dedo indicando el Sagrado Corazón

el Cristo parecía la muerte, suspendido

inmóvil en el muro, confiado

como el zorzal que anida en la caja eléctrica del porche.

Este que oigo es un mundo pequeño

la cantata de Bach y el regocijo de Haendel,

el Rosario de la tarde, postrada la casa y sus cimientos,

el jazmín cortado a los pies de la Madre Tres Veces Admirable de Schoenstatt.

Este que palpo es un mundo pequeño,

el relieve de las venas que sobresalen de las manos,

la lenta respiración del dormido, el territorio

que se extiende desde la barbilla hasta su frente.

En este pequeño mundo

colocamos al padre sobre la mesa

y lo devoramos en silencio.



























Así el redoble de la bota

un número allí

donde la bomba cae y perfora

el cuerpo sedimentario

después de que la niebla lo devorara todo

te toqué el rostro para saber quien eras

de que estabas hecho

si tus ojos permanecían cerrados.

Al acantilado donde el grito llama

en la cuenca de los caballos el galope sucede

y es lo único que nos está permitido oír.
























Al amparo del grito del ajo recién cortado, arrancado del sueño

con los brazos estirados a la oscuridad, abrazando, el ligero temor

del brocal que se abre con los primeros rayos del sol, el tiempo,

inmóvil en la grieta, con suma precisión, la pereza, esta vez del lado de la vigilia

una pupila que cede a la luz mortecina y oscilante del fuego, llueve

y en las hojas de las calas resbala parte del agua que escurre desde el techo

el resto, se interna en los orificios de la colmena abandonada de las avispas.

En el lugar donde estuvo la carne, el agua, preña el espacio y olvida.























Arrancada, aun palpita frágil la vigilia, allí, el sol

ve su gemelo en el espejo y gime, preparando

el fuego donde arderán las cosas, la rama seca del caqui

la pierna amputada, el ronquido tembloroso de los otros,

ocultos en las habitaciones de esta casa, en el altillo

donde mi padre ordena las pequeñas planchas de metal

el bronce repartido, y el frío, quemando el único beso

que despojado del bien y del mal me diste antes de dormir.





















Una pupila que resistió al sueño y el miedo

un hueso que la brasa escarbó hasta la médula.

Sangraste.

Dentro de la oscura gruta

de la Madre Tres Veces Admirable

con la pierna amputada

el dolor fue tu pan, la ira fue tu agua.

el grito del cardo, entonces, rasgando.

Toma este puñado de cenizas y llévalas contigo.
























Cerca, de improviso, el resplandor alcanza cada partícula

que recorre la traquea y sientes, un pedazo del sol que nace y tiembla,

los segundos que siguen al trayecto, desde su cenit al abismo

de la vida que recobra sus mandíbulas y sus agujas para cobrar el precio de un latido

el escarnio de aquello que con forma de hombre se interna en el follaje,

el infinito espesor, la grieta, tu rostro fijo recibe la sangre y el grano. Un destello.
























Toma lo que se te ha dado y vete,

recostado sobre la hierba nueva del Pucara, olvida.

La hilera de gallinas tomadas por los espolones

el gemido del cerdo, tu pierna amputada,

tu voz que se pierde en la carne.

Con la primera lluvia de marzo,

en el fango junto al muro. Sembraste.

El aromo que ardió de noche en medio del páramo.


























Un rito que soporta la levedad del fuego, un leño, las brasas, el rezo, una a una

en tus manos las cuentas del Rosario, oíste el primer canto del gallo, arrodillado,

celoso de tu propia culpa, inerte casi, al entumecimiento del espejo, cayendo,

en el brocal donde el agua tornaba en espesa ira, murmurando, aquella esperanza ilegible

que con el silencio se mezclaba hasta formar un barro fresco que untabas en tus ojos,

y alimentas, despojado, el cuerpo del fuego que en el fondo del brocal agita un vieja máscara

maldiciendo, aquella oscuridad que te es insoportable, lo mismo que la compasión,

que hace del moribundo un juez despiadado. La bruma cubre el techo oblicuo de las fábricas,

las gotas de lluvia colman el cántaro de las calas, el hígado cortado de un pollo

se enfría lentamente sobre la mesa.

Ahora, sin tus miembros, sin tu voz, humilde como pocos, bebiendo el agua de las manos de otro, lentamente exhalas la efímera intensidad que te fue dada.
























Este cielo de granito, inmóvil, afilado, que cubre el páramo donde caminaste a tientas,

este cielo, esta sangre que precede a la noche absoluta, este desgarro, este inútil latido,

este necio relámpago de piedad, esta hambruna, esta catástrofe invisible, esta culpa, estos clavos,

este esquivo relincho, esta ceguera, este bello entumecimiento, este amor extenuado,

esta persistente cordura. Corre la acequia en donde la tierra ha abierto un surco, sucede,

el tambor del rito. Un hueso obstinado se nombra en la podredumbre.
























Al altillo lleno de polvo, un niño sube antes de anochecer, palpando

en la oscuridad los contornos de los retablos y los zapatos. El soplido.

El sordo y acompasado eco de una escoba, el vapor del caldo sobre la mesa

los peldaños crujiendo bajo el peso de la mueca que persiste

este rostro ha dejado de pertenecerte, hecho de cal y saliva, tragado

de pronto por el fuego repentino, temeroso acaso, de un insulto,

de una mentira que con las manos ajadas por las cenizas

borra las marcas de este carnaval.




























Con las uñas apretadas, inhalas, el viejo perfume de los helechos

la piel herida, en cuyo agujero un ojo arrancado canta, el conjuro

de un rezo que se aproxima al amanecer, 23 de junio.

Juan el Bautista sobre la tierra quemada. Reptando.




























Subiste los peldaños hasta la cima

donde la escalera se confundía con las ramas de la higuera

por encima de tu cabeza, una lechuza inmóvil

con los con ojos entrecerrados de espanto
























A quien de pronto el follaje tragó parte del cuerpo

como una mandíbula que se cierra sobre el agua

a quién el sopor del sueño le bastó para complacer la sangre

a quién de puntillas y en silencio frente al brocal

dejó vibrar el agua rezando a un Dios manco

a quién descalzo orinó en la boca de un pájaro

a quién vio a Juan el Bautista sembrar orejas en la tierra húmeda

a quién escarba con una cuchara el corazón de su gemelo

a quién el placer del juego en la colina de viruta

colmó como a un pez saciado

a quién mordió la tierra endurecida del invierno

y arrancó el bulbo antes de germinar

a quién su fe en la cordura le reservó el vino para la comida

a quién el destello de la palabra enquistó incertidumbre y ceguera

a quién detestó cada trozo de sí mismo

cada intervalo de aire, cada geométrica presencia

a quién llamó a la materia, ceniza, letargo, pulso.

A quién escucha el endurecido recuerdo

de su propia voz que clama bajo la lluvia.


























Me diste un lugar donde jugar, una construcción a la cual llamar guarida

por primera vez en la humedad y la sombra el brazo precipita y se enquista

me diste un lugar bajo los árboles lo construiste para que lo habitara, allí

en la oscuridad, dibujé tu rostro de memoria.

Me diste un lugar en el frío y en el miedo

me diste un hermano silencioso y unos ojos devorados por el lenguaje

me diste el barro con que modelar la Sagrada Familia

la piedra para los cimientos del retablo

una locomotora oculta bajo el polvo

el fruto devorado por guarenes

la ira como un hacha revelada

Quédate en la oscuridad de este pasillo

donde pueda ver tu silueta

dile a mi madre que partiste

que te escondieron el corazón

y lo dejaron abandonado en la humedad de los helechos

dile que el fuego te consumió de noche

que eres el Pucara que la niebla oculta antes del temporal





Máfil


El retorno del agua a penas audible. Su quebrada certeza. Tu desnudez, al amparo de la oscuridad y el licor. El lugar en que de rodillas, esperé tu cuerpo que surcaba el légamo. La luz vuelve la faz a su gemelo. Y huye.






La turgencia traga los objetos y la luz. Donde la escogida ceguera precede al tacto. El único vestigio del día. La vigilia antes de la entelequia de la muerte. Las horas. Los segundos que escarban. Nuestra perdida certidumbre. Lejos de todo cuanto conocíamos.